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04/12/2007
3. NACIDO DE LA MUERTE

No puede ver su rostro, pero sabe que el proyectil ha encontrado la cabeza. La bala atraviesa la frente de una mujer a medio vestir con un colorido traje tribal, y el recién nacido que porta en brazos cae al suelo. La aldea comienza a ser devorada por las llamas. Llamas provenientes de los mismísimos pozos del infierno que una vez más se han materializado sobre la tierra ocre de África. Carreras, gritos, disparos y hombres vestidos de verde movidos por una furia psicópata. Hombres de piel negra, paramilitares con dientes blancos y ojos inyectados en sangre que portan la infamia en forma de rifles sobre sus brazos, preparados para ejecutar órdenes. El bebé yace indemne e ignorado en el suelo. Mueve las manitas y llora desesperadamente demandando protección, pero nadie repara en él. Tiene el rostro ungido con la oscura sangre que ha salido ansiosa de la frente de su madre unos segundos antes. No es más que otra criatura nacida de la muerte que se aferra a la vida.
Repentinamente Abedie abre los ojos, toma aire como un naufrago que sale a flote y se incorpora sobresaltado. Está empapado en sudor y el corazón le late desbocado en el pecho. Se obliga a respirar con normalidad y se queda un instante quieto, en silencio, atento a los sonidos que le llegan amortiguados por las paredes del cuarto. Nada, no hay ni rastro de los kalashnikov. Todo ha sido otra maldita pesadilla.
Se limpia el sudor que le perla la frente con el dorso de la mano, y se restriega los ojos para exorcizar de su mente los últimos restos del angustioso sueño. Nunca pudo conocer a su madre, nunca ha visto una foto suya, pero en cambio sueña con ella casi todas las noches, aunque tampoco en sueños puede ver el rostro de la persona que le trajo al mundo. El despertador marca las tres y media de la tarde. Podría aprovechar la cama media hora más, pero lo último que le apetece es cerrar los ojos y quedarse otra vez a solas con sus recuerdos; o con la ausencia de ellos. Se levanta de la cama y se observa desnudo en el viejo espejo que pende de la pared. El metro noventa de cuerpo que se refleja es espectacular, y más teniendo en cuenta que Abedie nunca ha hecho deporte como tal. Por supuesto que ha realizado esfuerzos físicos, incluso más de los que le hubiera gustado, pero siempre ha sido para satisfacer las necesidades más apremiantes: comer y sobrevivir. El concepto occidental de deporte como divertimento o como imposición social carece de sentido en el lugar de donde él procede. En Europa cada gramo perdido en un gimnasio es un triunfo, pero en su lugar natal, cada gramo de energía que se consigue es un preciado tesoro que sería absurdo desperdiciar levantando pesas.
La naturaleza le ha obsequiado con un físico privilegiado, pero al mismo tiempo ha hecho que comience la partida en el lado malo del tablero y con unas cuantas casillas de desventaja. Abedie cree que la naturaleza no es tan sabia como la gente afortunada va diciendo por ahí.
Está dolorido, no ha descansado bien. Se pasa la mano por la grotesca cicatriz que recorre sus abultados abdominales, y piensa en que realmente está vivo de milagro… más bien de milagros. Cuando tenía un día de vida, decenas de seguidores del Presidente, unos hijos de puta con el estómago y la cabeza demasiado vacíos y con los cargadores llenos, arrasaron su aldea porque alguien dijo haber escuchado proclamas revolucionarias. Sobrevivió. A los doce años, cuando su país jugaba a la democracia por primera vez y tras un recuento electoral cuando menos dudoso, uno de los muchos exaltados que invadieron las calles le asestó un cuchillazo en pleno vientre sin ningún motivo. El olor de la mierda escapándose de su propio intestino rajado por el machete, recorre miles de kilómetros y unos cuantos años hasta llegar a su conciencia. El médico más cercano se encontraba a más de cincuenta kilómetros, por lo que tuvo que andar dos horas sujetándose las tripas hasta que pudo llegar a la cabaña de una costurera. Sin anestesia y con la punta de la aguja redondeada por el uso, el trabajo no resultó demasiado fino. A pesar de todo, sobrevivió. Tras la muerte de su abuela y sin ningún nexo de unión que le atara a la tierra de sus ancestros, decidió que ya era hora de que algo cambiara, y se propuso acelerar la transformación que estaba impresa en el código genético del status quo vigente. Él lo sabía; sabía que sería así, tal y como decían los libros… Se convenció de que su destino no era pasarse el resto de la vida rezando para que el cielo regara la tierra y salvara una cosecha exigua, y así emigró a Europa; con una única idea en la cabeza.
Ya llevaba la malaria dentro cuando embarcó en el cayuco. Todos los demás también la tenían. Hambre, fiebre, un sol abrasador, cuerpos vivos y muertos hacinados en una misma embarcación y una sed indescriptible que impulsó a muchos a beber agua del mar hasta morir. Pero sobrevivió, y llegó a lo que para sus compañeros era el paraíso. En cambio, para él era sólo la antesala de la tierra prometida.
Se viste con tranquilidad. Elige para la ocasión un pantalón de tactel que en algún momento fue azul marino y una camiseta del Real Madrid, por supuesto falsa. Exactamente el mismo conjunto que el día anterior. Abre la ventana para renovar el aire moribundo de la habitación y gira el pomo de la puerta. En el salón, con una camisa blanca de tirantes con cercos amarillentos de sudor, se encuentra Isra. Está sentado en un viejo sofá marrón y apura una lata de cerveza. Es gordo, calvo y un xenófobo militante, pero en cambio trabaja para Marcos, un colombiano que se gana la vida honradamente explotando a toda suerte de emigrantes que necesitan una cama donde caerse muertos. A buen seguro que Isra no se siente feliz rodeado de lo que considera un montón de escoria invasora y maloliente, pero trabajar de vigilante del piso se la pone dura. Eso le permite insultar, vejar e incluso golpear a diario a moros, negros y atagualpas, lo que de alguna manera, le desquita de todos los palos y humillaciones que recibió durante su etapa escolar. A estas alturas nadie le puede negar que es mejor que acudir al psicoanalista.—Tú, moganbo, ha llamado el jefe —rebuzna en dirección a Abedie con una desagradable voz nasal—. Estás de suerte. Alguien ha pagado y la cama es toda para ti. Vamos, un desperdicio tener ahí ese colchón de puta madre vacío mientras estás degradando las calles con tu presencia, pero Marcos sabrá lo que hace. A veces pienso que Dios no repartió neuronas más allá de la península —dice mientras se hurga la nariz como si quisiera llegar a la cavidad vacía que debería albergar su cerebro.
—¿Y la señora Celia? —pregunta Abedie sorprendido.
—Yo que coño sé, mogambo. ¿Me ves cara de adivino? Seguro que estará en casa de algún pariente de esos que se sacan de la manga; la hostia, allí como no trabajan deben estar todo el día teniendo hijos. La largué y punto —apura la cerveza y la deja junto a las demás latas vacías que hay en una mesita cercana. Luego dedica todos sus recursos cognitivos a un programa de testimonios que está emitiendo el destartalado televisor. El tema: “mi vecino es alguien peligroso”. Luego, de forma casi hipnótica y sin apartar la vista de pantalla, dice: —se me olvidaba, han dejado ese sobre para ti. Tiene pasta, y más de la que un negro como tú podría ganar de forma legal. Más te vale que no llegue a mis oídos que estás suministrando mierda a la gente decente de este país, porque te mando a la selva de una patada en el culo —termina su esmerado discurso y se frota la nariz, sin duda echando en falta el tabique nasal que la cocaína que le sirve su jefe colombiano a contribuido a erosionar.
Un techo más o menos decente, tres mil euros en metálico y la posibilidad de un trabajo digno. Eso es lo que le ofrece el misterioso remitente del sobre. Sentado en el vagón, Mahamadou Abedie piensa en cuánto necesita ese dinero y en cuánto lo detesta. Si fuera religioso maldeciría a Eva por haber mordido la jodida manzana obligando así a la humanidad a tener que trabajar para vivir. Pero su mente atea le impide lanzar todas las culpas sobre el acto de una persona que no existió, lo que sin duda habría sido mucho más cómodo y menos desconcertante. Pero no, Abedie sólo tiene fe en un proyecto laico; mesiánico pero laico al fin y al cabo. No le queda más remedio que señalar a toda la raza humana y a su maldita naturaleza como culpables. El dinero es igual de malo que un tenedor, un automóvil o el fuego; todo depende de cómo lo use el hombre. Abedie no es tan ingenuo como para pensar que el homo sapiens puede llegar a vivir sin dinero; es más sensato creer que se puede cambiar aquello que nos hace funcionar erróneamente. Mientras que la gente sube y baja en la parada de Nuevos Ministerios, esboza una leve sonrisa y piensa en la enorme lucidez de su abuelo y en las parábolas que le contaba junto a la hoguera. Él siempre lo tuvo claro: “Hay que derruir los cimientos de las casas que se levantan torcidas, cueste lo que cueste.”
El metro le sumerge en las oscuras entrañas de Madrid rumbo a una cita con un desconocido, y Abedie lee una y otra vez la frase que hay escrita en el exterior del sobre: “Un fantasma recorre Europa”.

