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20/11/2007

1. CAMA CALIENTE

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Un hombre necesita dormir ocho horas. Un día tiene veinticuatro. El cálculo es sencillo: haciendo turnos en una misma cama pueden dormir tres personas. Es la cama caliente.

 

Mahamadou Abedie espera en el pasillo a que la señora Celia deje libre la habitación. Se trata de una dominicana de setenta años con los huesos carcomidos por el reuma. Apenas se tiene en pie y los dioses saben que a Abedie se le parte el corazón al despertarla cada mañana, pero no puede hacer nada. Necesita ese maldito colchón impregnado de sudores de diferentes cuerpos para tirarse a dormir. Son las ocho de la mañana y hace dos horas que salió de trabajar. Como cada día ha estado haciendo tiempo dando vueltas en la línea circular del metro, resguardándose del frío de la calle y pegando cabezadas en el interior de un abarrotado vagón. Las normas dicen bien claro que nadie puede entrar en el piso antes de que empiece su turno, y los matones del señor Marcos, el casero, se encargan de traducir las reglas a todos los idiomas. 

La puerta se abre y sale la señora Celia con sus movimientos renqueantes y el rostro negro surcado de arrugas. Como si andara descalza sobre cristales rotos, cada paso parece una tortura para la mujer, y tarda una eternidad en recorrer los cinco metros que la separan del aseo. Abedie entra en la habitación sintiéndose culpable por obligar a la anciana a irse a la calle. El dormitorio es pequeño, con las paredes desnudas y pintadas de blanco. El aire está denso, viciado por el dióxido de carbono salido de demasiados pares de pulmones. Junto a la cama se encuentra una pequeña mesilla con un despertador y cerca de la ventana hay tres grandes taquillas de chapa y un espejo alargado. No se ve ningún objeto que personifique el espacio, que le de identidad, ningún póster, ninguna foto. Es una habitación donde la gente viene y va, entra y sale para dormir sin dejar nada suyo a la vista. En las casas que además son hogares, las personas utilizan los dormitorios como reductos de intimidad,  pero este lugar es diferente. Es un simple cubil donde los que están realmente jodidos cumplen con el trámite cíclico de dormir. Nada más.

 

Abedie se desviste a toda velocidad. Guarda la ropa en su taquilla y se deja caer en la cama aún caliente. El colchón es blando y los muelles del somier suenan ante el más leve movimiento, pero es mejor que pernoctar en la calle. Está cansado, muy cansado, pero no consigue dormir bien desde que está en Europa, y el saber que tiene que darse prisa en conciliar el sueño no le ayuda en absoluto. Dentro de menos de ocho horas, un pakistaní cuyo nombre desconoce estará llamando a la puerta para reclamar lo que le corresponde. Antes de que acabe esa misma jornada tendrá que volver a una de las incontables obras que trabajan veinticuatro horas al día en Madrid. Cumplirá con su papel de peón en el imparable juego de la especulación inmobiliaria. Seguirá levantando casas que nunca jamás, ni el mejor de sus sueños, podrá pagar, y lo hará a cambio de un salario miserable y con la esperanza de conseguir algún día los papeles. Hasta entonces seguirá siendo un ilegal… Un nadie que no existe.    

 

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20/11/2007 18:18. Autor: ardemadrid. Enlace permanente. Tema: 1.Cama.Caliente No hay comentarios. Comentar.


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