Arde Madrid

04/12/2007

3. NACIDO DE LA MUERTE

20071204004816-medium-photo-ituri-58.jpg

No puede ver su rostro, pero sabe que el proyectil ha encontrado la cabeza. La bala atraviesa la frente de una mujer a medio vestir con un colorido traje tribal, y el recién nacido que porta en brazos cae al suelo. La aldea comienza a ser devorada por las llamas. Llamas provenientes de los mismísimos pozos del infierno que una vez más se han materializado sobre la tierra ocre de África. Carreras, gritos, disparos y hombres vestidos de verde movidos por una furia psicópata. Hombres de piel negra, paramilitares con dientes blancos y ojos inyectados en sangre que portan la infamia en forma de rifles sobre sus brazos, preparados para ejecutar órdenes. El bebé yace indemne e ignorado en el suelo. Mueve las manitas y llora desesperadamente demandando protección, pero nadie repara en él. Tiene el rostro ungido con la oscura sangre que ha salido ansiosa de la frente de su madre unos segundos antes. No es más que otra criatura nacida de la muerte que se aferra a la vida. 

 

Repentinamente Abedie abre los ojos, toma aire como un naufrago que sale a flote y se incorpora sobresaltado. Está empapado en sudor y el corazón le late desbocado en el pecho. Se obliga a respirar con normalidad y se queda un instante quieto, en silencio, atento a los sonidos que le llegan amortiguados por las paredes del cuarto. Nada, no hay ni rastro de los kalashnikov. Todo ha sido otra maldita pesadilla.

 

Se limpia el sudor que le perla la frente con el dorso de la mano, y se restriega los ojos para exorcizar de su mente los últimos restos del angustioso sueño. Nunca pudo conocer a su madre, nunca ha visto una foto suya, pero en cambio sueña con ella casi todas las noches, aunque tampoco en sueños puede ver el rostro de la persona que le trajo al mundo. El despertador marca las tres y media de la tarde. Podría aprovechar la cama media hora más, pero lo último que le apetece es cerrar los ojos y quedarse otra vez a solas con sus recuerdos; o con la ausencia de ellos. Se levanta de la cama y se observa desnudo en el viejo espejo que pende de la pared. El metro noventa de cuerpo que se refleja es espectacular, y más teniendo en cuenta que Abedie nunca ha hecho deporte como tal.  Por supuesto que ha realizado esfuerzos físicos, incluso más de los que le hubiera gustado, pero siempre ha sido para satisfacer las necesidades más apremiantes: comer y sobrevivir. El concepto occidental de deporte como divertimento o como imposición social carece de sentido en el lugar de donde él procede. En Europa cada gramo perdido en un gimnasio es un triunfo, pero en su lugar natal, cada gramo de energía que se consigue es un preciado tesoro que sería absurdo desperdiciar levantando pesas.

La naturaleza le ha obsequiado con un físico privilegiado, pero al mismo tiempo ha hecho que comience la partida en el lado malo del tablero y con unas cuantas casillas de desventaja. Abedie cree que la naturaleza no es tan sabia como la gente afortunada va diciendo por ahí.

Está dolorido, no ha descansado bien. Se pasa la mano por la grotesca cicatriz que recorre sus abultados abdominales, y piensa en que realmente está vivo de milagro… más bien de milagros. Cuando tenía un día de vida, decenas de seguidores del Presidente, unos hijos de puta con el estómago y la cabeza demasiado vacíos y con los cargadores llenos, arrasaron su aldea porque alguien dijo haber escuchado proclamas revolucionarias. Sobrevivió. A los doce años, cuando su país jugaba a la democracia por primera vez y tras un recuento electoral cuando menos dudoso, uno de los muchos exaltados que invadieron las calles le asestó un cuchillazo en pleno vientre sin ningún motivo. El olor de la mierda escapándose de su propio intestino rajado por el machete, recorre miles de kilómetros y unos cuantos años hasta llegar a su conciencia. El médico más cercano se encontraba a más de cincuenta kilómetros, por lo que tuvo que andar dos horas sujetándose las tripas hasta que pudo llegar a la cabaña de una costurera. Sin anestesia y con la punta de la aguja redondeada por el uso, el trabajo no resultó demasiado fino. A pesar de todo, sobrevivió. Tras la muerte de su abuela y sin ningún nexo de unión que le atara a la tierra de sus ancestros, decidió que ya era hora de que algo cambiara, y se propuso acelerar la transformación que estaba impresa en el código genético del status quo vigente. Él lo sabía; sabía que sería así, tal y como decían los libros… Se convenció de que su destino no era pasarse el resto de la vida rezando para que el cielo regara la tierra y salvara una cosecha exigua, y así emigró a Europa; con una única idea en la cabeza.

Ya llevaba la malaria dentro cuando embarcó en el cayuco. Todos los demás también la tenían. Hambre, fiebre, un sol abrasador, cuerpos vivos y muertos hacinados en una misma embarcación y una sed indescriptible que impulsó a muchos a beber agua del mar hasta morir. Pero sobrevivió, y llegó a lo que para sus compañeros era el paraíso. En cambio, para él era sólo la antesala de la tierra prometida.   

 Se viste con tranquilidad. Elige para la ocasión un pantalón de tactel que en algún momento fue azul marino y una camiseta del Real Madrid, por supuesto falsa. Exactamente el mismo conjunto que el día anterior. Abre la ventana para renovar el aire moribundo de la habitación y gira el pomo de la puerta. En el salón, con una camisa blanca de tirantes con cercos amarillentos de sudor, se encuentra Isra. Está sentado en un viejo sofá marrón y apura una lata de cerveza. Es gordo, calvo y un xenófobo militante, pero en cambio trabaja para Marcos, un colombiano que se gana la vida honradamente explotando a toda suerte de emigrantes que necesitan una cama donde caerse muertos. A buen seguro que Isra no se siente feliz rodeado de lo que considera un montón de escoria invasora y maloliente, pero trabajar de vigilante del piso se la pone dura. Eso le permite insultar, vejar e incluso golpear a diario a moros, negros y atagualpas, lo que de alguna manera, le desquita de todos los palos y humillaciones que recibió durante su etapa escolar. A estas alturas nadie le puede negar que es mejor que acudir al psicoanalista.

—Tú, moganbo, ha llamado el jefe —rebuzna en dirección a Abedie con una desagradable voz nasal—. Estás de suerte. Alguien ha pagado y la cama es toda para ti. Vamos, un desperdicio tener ahí ese colchón de puta madre vacío mientras estás degradando las calles con tu presencia, pero Marcos sabrá lo que hace. A veces pienso que Dios no repartió neuronas más allá de la península —dice mientras se hurga la nariz como si quisiera llegar a la cavidad vacía que debería albergar su cerebro.

—¿Y la señora Celia? —pregunta Abedie sorprendido.

—Yo que coño sé, mogambo. ¿Me ves cara de adivino? Seguro que estará en casa de algún pariente de esos que se sacan de la manga; la hostia, allí como no trabajan deben estar todo el día teniendo hijos. La largué y punto —apura la cerveza y la deja junto a las demás latas vacías que hay en una mesita cercana. Luego dedica todos sus recursos cognitivos a un programa de testimonios que está emitiendo el destartalado televisor. El tema: “mi vecino es alguien peligroso”. Luego, de forma casi hipnótica y sin apartar la vista de pantalla, dice: —se me olvidaba, han dejado ese sobre para ti. Tiene pasta, y más de la que un negro como tú podría ganar de forma legal. Más te vale que no llegue a mis oídos que estás suministrando mierda a la gente decente de este país, porque te mando a la selva de una patada en el culo —termina su esmerado discurso y se frota la nariz, sin duda echando en falta el tabique nasal que la cocaína que le sirve su jefe colombiano a contribuido a erosionar.

  

Un techo más o menos decente, tres mil euros en metálico y la posibilidad de un trabajo digno. Eso es lo que le ofrece el misterioso remitente del sobre. Sentado en el vagón, Mahamadou Abedie piensa en cuánto necesita ese dinero y en cuánto lo detesta. Si fuera religioso maldeciría a Eva por haber mordido la jodida manzana obligando así a la humanidad a tener que trabajar para vivir. Pero su mente atea le impide lanzar todas las culpas sobre el acto de una persona que no existió, lo que sin duda habría sido mucho más cómodo y menos desconcertante. Pero no, Abedie sólo tiene fe en un proyecto laico; mesiánico pero laico al fin y al cabo. No le queda más remedio que señalar a toda la raza humana y a su maldita naturaleza como culpables. El dinero es igual de malo que un tenedor, un automóvil o el fuego; todo depende de cómo lo use el hombre. Abedie no es tan ingenuo como para pensar que el homo sapiens puede llegar a vivir sin dinero; es más sensato creer que se puede cambiar aquello que nos hace funcionar erróneamente. Mientras que la gente sube y baja en la parada de Nuevos Ministerios, esboza una leve sonrisa y piensa en la enorme lucidez de su abuelo y en las parábolas que le contaba junto a la hoguera. Él siempre lo tuvo claro: “Hay que derruir los cimientos de las casas que se levantan torcidas, cueste lo que cueste.”  

 El metro le sumerge en las oscuras entrañas de Madrid rumbo a una cita con un desconocido, y Abedie lee una y otra vez la frase que hay escrita en el exterior del sobre: “Un fantasma recorre Europa”.   
04/12/2007 00:37. Autor: ardemadrid. Enlace permanente. Tema: 3. Nacido.de.la.Muerte. No hay comentarios. Comentar.

27/11/2007

2. BRAINSTORM

20071127151235-reunion.jpg 

“Y cuando el bebé de los cojones se caga encima más de la cuenta, entonces salta la alarma”, dice el comercial.

  

Jaime se revuelve en el asiento, incómodo. Tiene la idea, tiene la agencia y sabe que todo saldría bien. Pero la idea de un dispositivo electrónico en un pañal que con toda seguridad acabará húmedo, le resulta un tanto macabra.

 

Se reclina en el asiento. Se mesa los pelos de la perilla y se inclina hacia delante. Vuelve a reclinarse. La luz del ventanal incide sobre su mandíbula, resaltando su boca de depredador. Sus ojos, ocultos en las penumbras, destilan un hastío apenas contenido, enmarcado por unas ojeras magníficas.

 

“Pasemos lista. ¿Qué os he colocado? Porque debemos admitirlo de una vez. No somos libres. Ni siquiera libres dentro de las opciones previamente acotadas. No pienses más que haces lo que haces porque quieres, porque no es cierto. No tienes lo que más te gusta. Tienes lo que yo quiero que tengas. Me reúno con personas frías e indiferentes que hablan de sus productos con más cariño del que profesarían hacia sus madres. Yo desarrollo las estrategias, hablo con las personas adecuadas, ellos hacen su trabajo y lo siguiente en la cadena eres tú comprando lo que yo te he dictado. Me estremezco cuando tengo estas reflexiones porque, aún cuando esto que confieso es por todos sabido, no por vieja la mentira es menos efectiva. Todos caéis, quizá porque en el fondo os creéis excepcionales. No os culpo; yo no dejo de ser uno más. Conozco los mecanismos y conozco a mis semejantes. Compartimos técnicas y rumores. Y aún así, hace un mes me compré uno de esos CNX. El modelo W7. Ese modelo del que, según se dice, los frenos dejan de funcionar, con un índice de probabilidad del 74%, una vez superados los 5.000 kilómetros. Sé esto, y por más que me odie, no me importa. Ni lo más mínimo.

 

Aún a pesar de este otro dato: En la bandeja de CD del W7 llevo el compact de ShitSound. Realmente, no está grabado por ellos, sino por su productor. Y, la verdad, admitir que cuando me estrelle con un coche defectuoso probablemente estaré tamborileando en el volante los ritmos de un grupo prefabricado, resulta demasiado deprimente.

 

Pero aún así, lo admito, no me detengo, coño. Os he vendido “Master´s”, esos potitos infantiles que contienen  un índice glucémico tan elevado que los bebés no tardan en empezar a subirse por las paredes. “Pace”, ¿los recordáis? Snacks salados en bolsa de tamaño familiar, aderezados sabiamente con formaldehído, en dosis adecuadas tan peligroso como el cianuro o el arsénico.  Inventé la etiqueta de “Precio especial” para los filetes congelados “Max”, y nadie me preguntó jamás por qué era especial el precio. Coordiné los rodajes simultáneos de los spots de dos variantes distintas de espuma de afeitar. La normal está bien. La “tipo gel” provee aún hoy a las consultas de dermatología de pacientes. Produzco cuñas radiofónicas para una cadena americana de restaurantes muy conocida. En la última de ellas, acepté introducir, por petición expresa del subdirector español de la empresa, una alusión subliminal e insultante (que no conviene detallar) a su ex-mujer. Al parecer, la mujer se quitó la vida, presumiblemente por ese motivo. La hija de ambos es hoy en día encargada de una de las sucursales.”

 

El comercial ha aprovechado el momento de reflexión ausente de Jaime para flirtear descaradamente con Patricia, su compañera. Aunque flirtear no es la expresión adecuada. Lo que realmente está pasando es que su compañera, Patricia, está mirando fijamente la boca de Jaime mientras Alfonso, el comercial, está devorando visualmente el escote de Patricia. Jaime vuelve a inclinarse hacia delante y se pasa la mano por la frente ligeramente sudada. Dice: “Hombre, también es verdad que no es lo mismo un bebé gordo electrocutándose que un bebé delgado electrocutándose”.

 

Alfonso dice: “No nos pongamos en lo peor”. Y Patricia dice: “¿Eh?”.

 

Jaime se pasa la mano por la cara, de arriba a abajo. Permanece ausente, de nuevo, por un instante. Bebe agua, se reclina otra vez más y con una voz que es la Voz de la Resignación dice: “Tengo la idea para el spot. Pero evitaremos la luz estroboscópica”.

Etiquetas: , , ,

27/11/2007 15:13. Autor: ardemadrid. Enlace permanente. Tema: 2. Brainstorm. No hay comentarios. Comentar.

20/11/2007

1. CAMA CALIENTE

20071122014515-14632469-54e7fe0f0f.jpg

Un hombre necesita dormir ocho horas. Un día tiene veinticuatro. El cálculo es sencillo: haciendo turnos en una misma cama pueden dormir tres personas. Es la cama caliente.

 

Mahamadou Abedie espera en el pasillo a que la señora Celia deje libre la habitación. Se trata de una dominicana de setenta años con los huesos carcomidos por el reuma. Apenas se tiene en pie y los dioses saben que a Abedie se le parte el corazón al despertarla cada mañana, pero no puede hacer nada. Necesita ese maldito colchón impregnado de sudores de diferentes cuerpos para tirarse a dormir. Son las ocho de la mañana y hace dos horas que salió de trabajar. Como cada día ha estado haciendo tiempo dando vueltas en la línea circular del metro, resguardándose del frío de la calle y pegando cabezadas en el interior de un abarrotado vagón. Las normas dicen bien claro que nadie puede entrar en el piso antes de que empiece su turno, y los matones del señor Marcos, el casero, se encargan de traducir las reglas a todos los idiomas. 

La puerta se abre y sale la señora Celia con sus movimientos renqueantes y el rostro negro surcado de arrugas. Como si andara descalza sobre cristales rotos, cada paso parece una tortura para la mujer, y tarda una eternidad en recorrer los cinco metros que la separan del aseo. Abedie entra en la habitación sintiéndose culpable por obligar a la anciana a irse a la calle. El dormitorio es pequeño, con las paredes desnudas y pintadas de blanco. El aire está denso, viciado por el dióxido de carbono salido de demasiados pares de pulmones. Junto a la cama se encuentra una pequeña mesilla con un despertador y cerca de la ventana hay tres grandes taquillas de chapa y un espejo alargado. No se ve ningún objeto que personifique el espacio, que le de identidad, ningún póster, ninguna foto. Es una habitación donde la gente viene y va, entra y sale para dormir sin dejar nada suyo a la vista. En las casas que además son hogares, las personas utilizan los dormitorios como reductos de intimidad,  pero este lugar es diferente. Es un simple cubil donde los que están realmente jodidos cumplen con el trámite cíclico de dormir. Nada más.

 

Abedie se desviste a toda velocidad. Guarda la ropa en su taquilla y se deja caer en la cama aún caliente. El colchón es blando y los muelles del somier suenan ante el más leve movimiento, pero es mejor que pernoctar en la calle. Está cansado, muy cansado, pero no consigue dormir bien desde que está en Europa, y el saber que tiene que darse prisa en conciliar el sueño no le ayuda en absoluto. Dentro de menos de ocho horas, un pakistaní cuyo nombre desconoce estará llamando a la puerta para reclamar lo que le corresponde. Antes de que acabe esa misma jornada tendrá que volver a una de las incontables obras que trabajan veinticuatro horas al día en Madrid. Cumplirá con su papel de peón en el imparable juego de la especulación inmobiliaria. Seguirá levantando casas que nunca jamás, ni el mejor de sus sueños, podrá pagar, y lo hará a cambio de un salario miserable y con la esperanza de conseguir algún día los papeles. Hasta entonces seguirá siendo un ilegal… Un nadie que no existe.    

 

Etiquetas: , , , ,

20/11/2007 18:18. Autor: ardemadrid. Enlace permanente. Tema: 1.Cama.Caliente. No hay comentarios. Comentar.


Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras